jueves, 1 de diciembre de 2011
TANGO SUTIL
Distraídamente le acaricio el cuello, lo impone la coreografía. Ella mira al cartel que está detrás de mi espalda, y como una gran artista se aferra a mi cadera. Es el momento de entrelazar las intenciones. La gente se hace alfombra mientras nosotros nos quedamos enredados con las pupilas en este sutil tango.
Muerdo la rosa y rozo su seno. Ella se deja llevar por este ritmo, vuelve la cara hacia otra parte, pero no puede escapar a la magia de esta danza. Avanza decidida desafiando mi arte, y yo mantengo férreamente el fuego dentro del suyo. Fijos uno sobre el otro. Caschè.
Se abren las puertas para luego volver a cerrarse. Abandona el escenario y yo con ella.
Público ingrato.
Ni siquiera un aplauso.
viernes, 15 de abril de 2011
MEMORIAS DESDE EL FUTURO
Mi abuelo me ha llevado hasta el gran valle. Nos hemos sentado sobre una roca y él me ha dicho che allí antes había como un gran pantano, pero inmenso y de agua blanca, como la que sale de los destiladores. Lo llamaban mar, y dice que debajo de los mares vivían miles de criaturas mudas, que sabían respirar el agua. Me ha explicado que, cuando era joven, era normal viajar por el mar con los medios adecuados, que te daban la sensación de volar, pero que en realidad navegaban. En verano la gente iba a las playas, para calentarse con los rayos del sol, que me ha contado que entonces no quemaba como ahora, y que las personas podían salir de casa incluso antes del atardecer. Me ha contado el placer de bañarse con el agua del mar, y después secarse con el aire caliente. Después nos hemos tumbado sobre las piedras y nos hemos puesto a mirar el cielo. Mi abuelo, cuando era un chaval, hacía siempre un juego, que consistía en observar las nubes, las cuales me ha asegurado que eran blancas, y que el viento las movía tan rápido que a cada segundo te recordaban a cosas distintas. Reía mientras lo contaba. Yo me he puesto a mirar el cielo: las oscuras y densas nubes que lo atraviesan, realizan movimientos demasiado lentos para que puedan asumir cualquier forma. Y es por esto por lo que no hemos podido jugar. Pero mi abuelo me ha prometido que si me como todos las pastillas de pollo mañana me lleva a un sitio donde antes había una cosa que se llamaba bosque.
Después se ha hecho tarde. El sol estaba a punto de salir y hacía ya mucho calor. He apagado al abuelo, lo he metido en la mochila y he vuelto a casa.
viernes, 18 de marzo de 2011
sábado, 29 de enero de 2011
HUEVO DE PASCUA
Ayer por la tarde, después de hacer los deberes, ha venido a verme mi tia y me ha traído un huevo de Pascua. Me ha dicho que es fiesta, y que se celebra Jesús. Que yo ese nombre ya lo había oido, pero nunca había entendido bien quien era, a lo mejor un pariente, a lo mejor el marido de mi tia, que dice que vive lejos. Y sin embargo, mi tía, cuando le he preguntado si era su marido, se ha enfadado.
- Pero no sabes quien es Jesús? -, me ha preguntado con la misma expresión de cuando se me escapa un pedo y alrededor nuestro hay más gente. - Jesús, el que te trae los regalos en Navidad, los huevos de Pascua, y que cuando se te cae un diente te regala dinerito -. Ah… Ahora me acuerdo! Es verdad. Todos los años me han dicho que es él el que deja los paquetes de colores debajo del arbol. Ahora ya se quien es: Luigi, el que tiene la tienda de juguetes en la esquina y donde mamá me lleva cuando salimos de la escuela. Que amable es el señor Luigi. Pero después mi tía continúa: - Jesús es muy bueno y se ha sacrificado por nosotros, dejándose matar por nosotros, para salvarnos… - Madre mía! Han matado al señor Luigi! La noticia es grave y hay que profundizar en ella, por eso pregunto a mi tía que cosa tan grave ha podido hacer el pobre señor Luigi, que desde que he nacido todos los inviernos se acordaba de traerme los regalos. Pero mi tía se vuelve a enfadar: - Pero que tiene que ver el señor Luigi con Jesús? Jesús es el hijo de Dios, ha venido a la tierra hace muchísimos años y lo han matado los romanos… - La historia se complica. Mientras tanto, en ese momento pasa papá que, disimulando una actitud distraída, fa eco a mi tía: - Ya lo decía yo que esos romanos son ladrones y fanfarrones, no me hacen ninguna gracia… - Pero, dejando a un lado los romanos, que papá dice siempre que son malos y sucios, quien es ahora este Dios? – Dios es el creador del cielo, de la tierra y de todo lo que ves, Dios es el dueño del universo… - Como He-Man! Pienso inmediatamente. Pero cuando pregunto a mi tía si también él tiene una espada para vencer a los malos, ella resopla: - Que no…. El de la espada es San Pablo, Dios usa la palabra para redimir a los pecadores… - Que bonito, como los Caballeros del Zodíaco, cada uno tiene un arma secreta. Después añade: - Dios es inmensamente bueno y nos quiere a todos -. Bueno, a todos… como se puede querer a todos? Me parece extraño… Entonces también ama a Giorgio Angelini, el de la última fila, el que me llama siempre “imbécil”, el que va contando por ahí que huelo mal, el que me escupe en la mochila… También lo quiere a él? No, ese es demasiado malo, no puede ser… Entonces se lo pregunto a mi tía, y ella, volviendo a poner la expresión que tenía cuando me ha traído el huevo de Pascua, me contesta: - Pues claro cariño: Dios es misericordioso y perdona a todos, todos somos hijos suyos -. Pues yo a este Dios no lo entiendo: si es verdad que nos quiere a todos, pero a todos todos, incluso a Giorgio Angelini el de la última fila, si es verdad que es tan bueno, entonces a los que he visto ayer por la tele, los que lloraban porque el viento y los truenos se han llevado las casas, que un montón de niños han muerto, esos, que le habían hecho a Dios? A mi tia no le ha sentado bien esta pregunta. Ha vuelto a hacer la expresión de cuando me tiro un pedo, y me ha dicho que esas son cosas de mayores, que me tenía que fiar de sus palabras porque cuando seré mayor lo entenderé, y que no insistiese porque sino me daba un tortazo.
Pues sabes que? Para mí no hace falta el tortazo, que a mí no me importa nada quien es Jesús o Dios. Yo me como mi huevo, disfruto de la sorpresa que, al fin y al cabo, yo a esos de la tele ni siquiera los conozco.
martes, 23 de noviembre de 2010
EL SILENCIO DE LA PUERTA DEL ESCURRIDOR DE PLATOS
Hay un confín, como el de Israel y Palestina, que divide la suerte de una jornada, por eso no juego nunca a los dados con la esperanza. Me la meto en el bolsillo y tengo la boca cerrada: las palabras de la mañana son los arrepentimientos de la noche.
Sigo con la mirada el recorrido imaginario que realiza un coche imaginario entre las lineas de las baldosas mientras espero el café, en el mismo sitio, a la misma hora. Y él puntual llega mascullando, mientras yo me reconcilio con mi edad distrayéndome con las cualidades proteínicas de las galletas que están impresas en el dorso de la caja.
Después levanto la cabeza de repente, una imprudencia casi adolescente, un error de principiantes. Mi frente entra en colisión con el borde de la puerta del escurridor de platos y, estrañamente, el impacto produce un sonido brillante. El mismo sonido que hace el cristal cuando se rompe. Muestro mi desacuerdo hacia las divinidades construyendo un arcoiris de improperios que impresiona hasta las sartenes que yacen en la pila. Así, busco consuelo como lo hacen los estibadores en el puerto, dando puñetazos a la puerta criminal y espero su reacción para darle su merecido. Pero ella es sabia y ni siquiera me responde.
Me quedo solo, por la mañana, mimando mis frustraciones y, mientras tanto, mi humor sale de casa sin saludar.
viernes, 26 de febrero de 2010
TE LO DIRIA SI LO SUPIERA
No conozco un sitio mejor para pasar el tiempo que la ducha. Debajo del flujo fugaz del agua caliente parece que se evapore el cansancio y encuentren asilo las penas. A lo mejor será mérito de los recuerdos ancestrales que llevamos dentro desde cuando hemos abandonado de mala gana la placenta, lo que hace que la ducha nos recuerde que aún existe un lugar acogedor donde poder tirarse después de pasar un día entero en lugares que intentan sacar lo peor de ellos mismos para hacer de nuestra vida un inferno. Debajo de la ducha el mundo calla, y también nuestros pensamientos parecen tener la voz ronca. Enciendo el stereo y dejo que llene el baño como si de mullido algodón se tratase. Después abro el grifo y me olvido del mundo.
Tauro, en cambio, se ha levantado de malhumor. Ha paseado un poco por la constelación de Andrómeda, ha pasado a ver a la Luna para ver si lo distraía un poco. Pero, a lo mejor por la ausencia de duchas en el zodíaco, ha continuado estando de malhumor exactamente igual que cuando se había levantado. Por detrás de Júpiter se asoma Piscis e inicia a llamar en voz baja a Tauro: “Psss… Tauro… Tauro, ven aquí, mira”. Tauro estaba acostado en Marte, un poco incómodo, y ésto no dulcificaba su carácter, ya de por si tendente al aburrimiento. Con una mano aplasta un cometa y después, sin ni siquiera volverse, responde: “¿Pero qué quieres? Déjame en paz que hoy no estoy de humor”. Piscis en ese momento va hacia él. En realidad no le importa nada Tauro, pero se está aburriendo y quiere pasar el tiempo como sea. “Pero mira en que te has convertido. No pareces tú. ¿Pero de dónde has sacado esa barriga? ¡Y mira que papada! Estás envejeciendo muy mal, Tauro mío…”.
Tengo un extraño dolor muscular que disturba mi ducha. Como una contractura que me tensa los músculos de la espalda, se alarga como una grieta hacia el cuello, tanto que me resulta difícil pasar la esponja por la espalda. Giro la cabeza lentamente, con la esperanza de que ocurra un milagro y se me pase el malestar. Una vez he visto una película japonesa donde el protagonista sufría continuamente de migrañas y un doctor le explicaba que movimientos de cuello tenía que hacer para que pasase el dolor. Él lo intentaba, pero no sucedía nada, hasta que la trama, un poco surrealista de la película, le hacía realizar un robo. Solo en ese momento sanó. A lo mejor tendría que hacer un atraco yo también, quien sabe. A lo mejor tendrían que hacer un atraco todos aquellos que sufren de dolor de cabeza. A veces la moral de las películas, como las de la vida, se me escapan completamente.
“Vamos a ver, ¿qué estás buscando tú hoy?”, gruñe Tauro. “Pero porque no te das una vuelta por Venus y me dejas en paz”. Piscis empieza a darse cuenta que su aburrimiento tocaba a su fin: Tauro estaba picando el anzuelo y en breves momentos empezaría a divertirse. “¡Levanta ese culo! Apuesto lo que sea que me pongo a correr y ni siquiera puedes alcanzarme. Me acuerdo cuando eras famoso por tu energía…”. Tauro resopla tirando por la nariz un humo denso y negro, pero no le contesta. Entonces Piscis insiste. Se acerca a sus hombros y le golpea con la cola, después se prepara como si fuese a correr, pero cuando se gira, Tauro permanece tumbado. “¡Oye, barrigón! ¿Ni siquiera lo intentas,eh? ¿Ni siquiera intentas cogerme? ¿Qué dirían tus protegidos si te viesen así? Yo cambaría de signo, das pena solo con verte”. En ese momento Tauro se levanta enseguida. “Oye, mierdecita, ya me has cansado. Te había dicho que me dejaras en paz, pero ahora ya es demasiado tarde”. Tauro rasca con sus patas traseras el manto celeste, después inicia su embestida. Piscis ríe como un loco y corre velocísimo nadando entre las estrellas, que no oponen ninguna resistencia a su paso. “Venga barrigón, cógeme”, y se ríe.
Esto no va bien, no va para nada bien. A lo mejor es culpa del gel, pero hoy esta ducha no me relaja nada. Ese ligero dolor que impide mis movimientos parece aumentar y además tengo una especie de mareo. Envejecer es una mierda, pienso mientras me pongo el shampoo en el pelo, una mierda absoluta. Tendría que hacer más deporte, comer mejor y beber menos. Si, después me planto dentro de una maceta y espero que me crezcan las hojas. Nada de dietas, tendría que vivir en una isla de esas donde el paisaje te deja sin aliento, donde te mueves según tus propias necesidades y solo se suda cuando cruzas la calle. Empapo la esponja con un poco más de gel, dejo libres a las burbujas para que invadan mi cuerpo,la piel se ablanda y lo agradece. En cambio la vida se enciende un cigarrillo y permanece, una vez más, esperando el momento que más me convenga.
Tauro está furioso. Persigue a Piscis con todas sus fuerzas, aunque con escasos resultados. De todos modos no quiere darse por vencido. Los dos, a toda velocidad, pasan sobre Venus, pisando la cola a Escorpión que estaba leyendo un libro, y éste lo agradece insultándoles a los dos. Piscis esquiva a Neptuno, pero Tauro lo golpea de lleno y lo desplaza algún grado. “¡Para, imbécil, déjate coger!”, grita Tauro. Pero Piscis es demasiado rápido y se está divertiendo demasiado para acabar tan pronto la carrera. Zizzagea entre los cometas, evita meteoritos, roza a los planetas, mientras que Tauro los golpea torpemente. Sagitario, que pasa por allí de casualidad, es atropellado y cae al suelo; Acuario los ve llegar y logra escapar de Piscis,pero cuando se da la vuelta, Tauro le pasa por encima y no se para ni para disculparse. Hoy hay jaleo allí arriba. En el fondo ayer no es que fuera mejor.
El stereo se apaga solo. Pienso enseguida a un fantasma, o a algo paranormal, después reflexiono. Pero que fantasmas, que ovnis, que astrología. Aquí abajo lo único misterioso es como hacemos para encontrar las fuerzas para levantarnos todas las mañanas. Es por eso que buscamos “lo otro” en cualquier cosa aparentemente inexplicable que nos sucede. Es todo demasiado triste para ser verdad, tiene que existir una lógica que se nos escapa, de otra forma, tenemos que admitir que nada tiene lógica. Pero ahora basta. Estoy duchándome y solo tengo que relajarme. Aunque hoy parece imposible.
En un determinado momento, Piscis se distrae y acaba estampado contra Urano. Se sacude violentamente, tropieza, cae. Tauro lo coge enseguida. “Ahora que pasa, mierdecita”, grita. “Tauro, estaba bromeando, no te lo habrás tomado en serio”. Tauro da algún paso atrás, levanta la cabeza y emite un grito que llama la atención de todos los signos del zodíaco. Se asoma la V Casa de Cáncer, que enseguida sentencia, “Oh! Que aquí hay gente que trabaja!”. Leo bosteza, después se pone cómodo para disfrutar del espectáculo. Tauro está rabioso y continua sus embites. Piscis no tiene escapatoria.
La esponja se me escurre. No puedo ni mantener las cosas en la mano. El shampoo me cubre los ojos, lo que hace que me tenga que agachar a ciegas. Toco el fondo de la bañera con la mano en busca de la esponja, pero la maldita parece que haya desaparecido. Será el fantasma de antes, pienso mientras continúo la ansiosa búsqueda. Pero mientras extiendo el brazo hacia un ángulo no bien definido, el dolor de antes se transforma en una punzada desgarradora. Sólo puedo gritar “mierda”, después protejo la parte dolorida, pero pierdo el equilibrio. El pie derecho pierde el apoyo, y en mi semiceguera no encuentro nada a lo que agarrarme. Me rindo, tengo que caer y no puedo hacer nada para evitarlo. Como siempre.
No conozco un sitio mejor para pasar el tiempo que la ducha. También aquí en el hospital. Bueno, el agua no está tan caliente como en mi casa, pero es bastante relajante igualmente. Vuelvo a pensar vagamente en esa maldita esponja, que algún fantasma ha escondido sólo para hacerme un desaire inútil. Después reflexiono. Pero que fantasmas, que horóscopos, que misterios. Soy verdaderamente tonto.
martes, 16 de febrero de 2010
PUNTOS DE VISTA
Cuando cojo el metro, intento siempre llevarme algo para leer, excepto hoy que se me ha olvidado. No leo porque sea un erudito: la culpa es sólo del extraño fenómeno que inhibe nuestra mirada a la presencia de tanta gente, mirar se convierte en algo molesto, insoportable, tanto que te constriñe a taparla con gafas de sol, aunque sea noviembre, o a mantenerla ocupada en cualquier cosa que no implique la presencia animada del sujeto encuadrado. Tengo siempre miedo de fijar mi mirada involuntariamente en algún escote o, peor aún, en el paquete de alguien que lleve jeans de dos tallas más pequeñas de lo necesario. O encontrarme mirando una cara, una expresión o cruzar la mirada con alguien. ¿Y si esa persona piensa que la estoy escrutando, desafiando o simplemente haciéndole notar la forma extraña de su nariz? Al principio leo todo aquello que puedo. Los carteles publicitarios que están cerca de las puertas, intento comprender el escrito microscópico que indica donde lo han impreso, observo detenidamente el diseño gráfico, pero este remedio revela enseguida su ineficiencia. Normalmente hay sólo dos frases idiotas que leer y, casi siempre, detrás de las letras sobre fondo blanco, está siempre una tetona que sonríe. El viaje es largo y yo he tenido ocupados mis ojos sólo por cinco segundos.
Paso a leer los grafitis de las paredes del vagón. La mayor parte están hechos con spray negro. Dicen que eso es arte, pero yo sólo veo garabatos que recuerdan a antiguas maldiciones incas: “zhagrttt”, whiyyyy”. Otros son como apuntes de viaje, incisiones imaginarias en la vida de alguien, normalmente jovencísimo, que no puede dejar de apuntarlas por miedo a poderlas olvidar. Ese alguien aún no lo sabe, pero no será suficiente una fecha y un nombre inciso con un cuchillito en un asiento semi plástico del metro, para encarcelar la felicidad que ha sentido en ese momento. Hay también arqueología en estos escritos. He sido capaz de distinguir la alegría por haberse saltado un día de colegio en el 2002. Pero al final se terminan también los garabatos que poder leer y el peso de mi mirada no ha disminuido ni un gramo.
Miro al suelo, no me gusta, pero no encuentro una solución mejor. Mirar al suelo es interesante porque puedo observar con calma los zapatos de los pasajeros. Los zapatos dicen mucho de una persona. Hay botas negras, de piel, altas, con correas argentosas que brillan sobre un tacón finísimo de doce centímetros por lo menos. No puedo ver a quien pertenecen, pero imagino que serán de una mujer vestida de negro, con un abrigo largo y un jersey oscuro. El pelo negro, liso y largo hasta los hombros; secretaria, seguramente secretaria, de las sabiondas. Me la imagino inteligente, informada y, no se porque, metida en algún lío. A su izquierda hay otro par de botas, marrón claro, tienen manchas y las suelas de plástico gastadas. La propietaria debe de ser también una mujer, pero un poco más gorda, vestida con esos abrigos de plumas larguísimos, brillantes, que te hacen parecer un saco de basura preparado para ser tirado en enormes contenedores. El pelo escaso, despeinado y con un tinte castaño claro que va desapareciendo desde la raiz. Más lejos hay zapatillas de deporte, Nike, plateadas y con suela aereoalgo, típicas de los veinteañeros de periferia. No hace falta mucho para adivinarlo, por eso paso a algo más interesante.
Inadvertidamente me fijo en mis zapatos. Un par de Dr.Martens, negros, con vistosos arrugas en los lados de la punta. Camino apoyándome en la planta anterior del pie, es normal que esa sea la zona que más se desgaste. Esta vez no intento imaginar a quien puede pertenecer esos zapatos, sino que intento pensar que imaginaría un extraño al observar mis zapatos. Pero también este juego termina pronto, ya que no puedo ser objetivo cuando me imagino a mí mismo. Me esfuerzo, pero después encuentro mil excusas, mil excepciones, tengo pruebas para disculparme, cosa que los demás, por como está estructurado este juicio, no pueden tener.
Ahora he terminado todos mis recursos. Tendré que depositar mi mirada sobre mi barriga y después, de vez en cuando, mirar la hora en el móvil que tengo dentro de la bolsa, sólo para verificar que las ocho y cinco continuen diligentemente a seguir a las ocho y cuatro. Después, finalmente, llego a mi parada.
Se abren las puertas, y ahora puedo volver a mirar donde quiero con la excusa de que estoy mirando hacia mi dirección. En movimiento, nadie se fija en las miradas. También la mía vuelve a conseguir su anonimato, escondido detrás de la normal distracción cotidiana. Las botas dejan de contarme las historias de sus propietarios, los grafitis vuelven a manchar la vida en lugar de recordar la felicidad, que vuelve a estar ausente tras los carteles publicitarios.
martes, 9 de febrero de 2010
EL CAMELLO (CAPÍTULO V: SOBRE LOS RELOJES SIN MANILLAS)
El día acabó como era normal que acabase: al lado de la taza del water llena de vómito. El cuerpo de Foffo, excluyendo su cerebro, no había aguantado el impacto del hashish y había puesto en marcha todos sus recursos para liberarse de aquella presencia que le parecía fastidiosa. Después de vaciar su estómago, Foffo se tumbó en mi cama desecha y se abandonó a un sano sueño reparador.
No fui al bar ese día, y ya imaginaba a la gente decepcionada que seguramente se había depositado como polvo en mi vana espera. Seguramente habrían preguntado al dueño del bar por mí y, habiéndose cerciorado de mi ausencia, presos del pánico, habrían recorrido toda la ciudad en el tentativo de procurarse un poco de vida a bajo precio.
Mi casa esa noche respiraba un aire distinto. Había dejado de representar la parte de la cueva del lobo y, por una vez, podía cumplir el rol que le pertenecía, el de una casa. La presencia de Foffo daba un sentido hasta a la máquina del café para dos, o a la mesa con cuatro sillas, de las cuales tres nunca se habían usado. Hasta la cama de matrimonio se sentía realizada albergando a un visitante, aunque éste fuese fugaz. Fui a dar una ojeada en el dormitorio; Foffo estaba bien, incluso roncaba, y yo me sorprendí respondiendo a una llamada que, sino hubiera sabido que estaba hablando de mí, la habría confundido con el instinto paterno del cual siempre había oído hablar y casi nunca lo había visto aplicar. Estaba preocupado por alguien, y no por algo, como estaba acostumbrado.
Me preparé un porro y me senté en el sofá para mirar la pared. Aquella noche, en la pared amarillo nicotina de mi salón, estaban proyectando “Los recuerdos de un camello”, melodrama protagonizado por actores semidesconocidos, de los que se cogen de la calle, como en tiempos de Zavattini, pero sin veleidades artísticas.
¿Cuántos retrasos había acumulado durante el periodo en el cual había estado jugando a póquer con las matrículas? Hay momentos en que mi vida me parece inútil como un reloj sin manillas. El tiempo no va hacia delante ni hacia atrás, permanece quieto: las 18:30 son las 18:30 eternamente, las 15:15 no consiguen llegar a las 15:20. Y mientras, todos los relojes del mundo avanzan regularmente aparentemente realizados en señalar la hora exacta. El reloj sin manillas intenta averiguar la hora exacta sin tener los medios para hacerlo e, inevitablemente ,se equivoca. Sin reloj se llega siempre o demasiado pronto o demasiado tarde, hasta que el tiempo que te separa del momento exacto es irrecuperable, y de nada sirve lamentarse luego. Es mejor dar la impresión de vivir en un mundo sin calendarios y sin horas, sin estaciones y sin citas. Como si no existiese un mañana.
Son los relojes puntuales los que amargan la existencia a todos los demás o, por lo menos, de esto se convence el reloj sin manillas. Hasta que, por pura casualidad, un día llega la fantasía de una vida vivida en el momento justo, y de repente, llega el ansia que había amueblado sus días
como un papel para la pared de pésimo gusto. Apagué la pared. El sol había desaparecido y yo tenía hambre.
¿Qué hora era?
jueves, 21 de enero de 2010
EL CAMELLO (CAPÍTULO IV - LA MÚSICA ES DENSA)
“¿Qué quieres?”
“¿Cómo estás hoy, gran jefe?”
“Déjame: he dormido muy mal...”
“Lo siento. Bueno, no.”
“Mira, no tengo el cuerpo para aguantar tonterías. Ves a jugar con los Lego y no me jodas.”
“Nunca he jugado con los Lego. Quiero fumar, ¿me das un porro?”
“Otra vez con la misma historia... Y además me apuesto que aún ni siquiera has dado una calada a un cigarro...”
“Aprendo deprisa, pero necesito que alguien me dé la posibilidad de hacerlo.”
“Está bien. ¿Quieres aprender? Entonces seré tu mejor maestro... Ven conmigo.”
“¿ Adónde?”
“ Tú calla, inténtalo al menos por cinco minutos, y sígueme...”
Pagué el café, saludé a un par de personas quedando con ellas más tarde. Fofo me seguía a un metro de distancia con una expresión entre asustado y asombrado. Entramos en el portal de mi finca y, por un instante, me pareció sentir aún el olor nauseabundo de la pesadilla de la noche anterior. Subimos las escaleras en silencio, abrí la puerta de casa con un gesto teatral, como si fuese su mayordomo. “ Adelante, póngase cómodo señor”, le exhorté. Él permaneció durante algún segundo machacado por la duda de estar haciendo una tontería, pero venció su orgullo y entró.
Empecé enseguida a liar un porro, cogiendo un buen trozo de piedra marrón de un bloque de un kilo. Él se había quedado de pie, con el abrigo puesto, cerca de la ventana, como si pensara tirarse por ella en caso de algún peligro inesperado. Me dieron ganas de reír. Tenía los ojos desorbitados y se agitaban como una bestia en una jaula. Acabé mi trabajo.
“Quítate el abrigo, relájate y siéntate en el sofá. Estás a punto de realizar una nueva experiencia. Si te gustará, lo decidirás después.” Siguió al pie de la letra mis instrucciones y permaneció a la espera con las manos en medio de las piernas. Encendí el equipo de música. Elegí con cuidado el tema para poner entre los miles de CD que componían mi colección. Finalmente me decidí por “The End” de los Doors. La música empezó a llenar todos los espacios vacíos de nuestro silencio y a silenciar los ruidos de la calle. Después encendí el porro.
Una ráfaga densa de humo ganó el cielo para después huir rápidamente por la ventana.
“Te toca”, dije perentorio. “Tienes que respirar como si estuvieses en la montaña y quisieras coger una bocanada de aire puro. Aguanta el humo en la boca y trágalo muy despacio, porque las primeras veces quema y podrías toser y echarlo todo a perder.” Fofo me escuchaba con mucha atención, aferró el porro con los dedos y se lo llevó a la boca. Dio una gran bocanada, como hacen todos los principiantes, y acabó tosiendo, como le había dicho. “ Aspira menos, tonto... no eres de amianto”. Lo intentó de nuevo y esta vez logró tragarse el fruto de mi trabajo.
Aspiró una y otra vez. “Para un poco, deja reposar a los pulmones”, le sugerí. Hacía minuciosamente todo lo que le decía, como un buen alumno. Poco después vi sus pupilas que comenzaban a dilatarse y los ojos llenarse de pequeñas venitas rojas. El hashish empezaba a mantener sus promesas.
“¿Qué sientes?”
“ Me siento ligero. La música... la música, en cambio, me pesa...”
Sonreí.
“Nunca me había dado cuenta que la música pudiera ser así de densa...”
Me levanté y lo dejé solo mientras preparaba un café.
Afuera el mundo discurría ignorante de la música y de su densidad. Me pareció más triste que nunca, o a lo mejor era sólo mi reflejo en el cristal que lo hacía así de triste. Me fijé en los coches que pasaban, por la calle oscura, y empecé a jugar a póquer con los números de las matrículas. Tres siete, tris; dos ocho y tres dos, full. No conozco una manera mejor de gastar mi tiempo que no sea malgastándolo.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
EL CAMELLO (CAPITULO III: LOS GATOS DE FOFFO)
Me despertó apretándome el estómago un olor agrio, denso e insoportable. Di la culpa al desagüe del baño y a la mala digestión de mi compañero de piso. Me levanté aún cansado buscando cualquiera de mis cinco sentidos para encontrar las zapatillas de estar por casa y arrastrarme hasta el lavabo. El agua brotó del grifo precedida por un eructo, fría y marrón. Después le cambió el humor y me lavó la cara sin hacerme demasiadas preguntas. Evité, como siempre, mirarme al espejo para no tener que someterme a su juicio, me vestí con cualquier cosa de las que protegen del frío y me apresuré a ir a mi puesto de trabajo.
Abrí la puerta de casa y me atacó enseguida en la garganta el mismo olor que me había despertado, pero mucho más insoportable y fuerte, si eso era posible. Dí una ojeada distraída al patio y enseguida me di cuenta que las paredes no estaban manchadas por el moho de siempre, sino de algo oscuro y viscoso. Me acerqué a la pared: parecía sangre. Seguí las manchas para entender de donde provenían o sólo para dar un sentido a aquella imagen. Las líneas marrones partían cada una de un sitio diferente, esparcidas de manera casual sobre la pared, para confluir todas en un rincón no iluminado del patio. Me moví lentamente y, cuando mis ojos cayeron sobre el único rayo de sol que penetraba por la ventana del piso de arriba, me di cuenta que un animal muerto yacía esanime delante de la puerta del vecino. Era un gato. Tenía el vientre completamente descuartizado y sus tripas esparcidas en círculo alrededor de su cuerpo. Me puse una mano en la boca y me alejé disgustado. Me giré hacia las escaleras que daban al piso de abajo pero, cuando apenas había bajado cinco escalones, vi otro gato con el craneo machacado mirándome torcido con el único ojo que le quedaba. Sentí una sensación de sofoco y corrí rápidamente por la rampa intentando respirar un poco de aire fresco. Las escaleras estaban completamente diseminadas de gatos muertos, todos mutilados, con sus órganos pegados a las paredes y sangre por todas partes. Resbalé sobre un hígado o un intestino, no recuerdo bien, y acabé con la cara llena de algo pegajoso y asqueroso. Me levanté enseguida, intentando desprenderme esos trozos de tejido, y continué mi carrera preso del pánico. La distancia para llegar al portal parecía infinita y me costaba evitar todos aquellos cuerpos de gatos destrozados esparcidos por el patio. Tenía ganas de vomitar pero sólo conseguía hacer conatos que me hinchaban las venas de las sienes y me quitaban el aire. Finalmente llegué al portal. El atrio parecía una ciénaga de carne muerta y sangre. Por todas partes había cabezas abiertas de felinos o sin ojos, pezuñas que flotaban en charcos ennegrecidos. Intenté abrir el portal, pero la manilla no giraba.
Foffo apareció de repente con la cara aplastada sobre el vidrio del portal. Reía y su aliento distribuía un halo húmedo alrededor de su cara que le hacía parecer un monstruo. “Déjame salir hijo de puta!”, grité sin que un solo sonido consiguiese salir de mi boca. “ Déjame salir! Quítate de ahí cabrón! Quítate!”…
Me encendí un cigarrillo para intentar quitarme el recuerdo de aquella pesadilla, pero me costó una hora volver a recuperar la calma y a convencerme de que había sido sólo un sueño, un horrible sueño. Empecé a preguntarme que significado podía tener, pero poco después mis pensamientos empezaron a apagarse lentamente hasta ser casi imperceptibles. Me volví a dormir y aquella noche no produje ninguna otra visión.
Por la mañana me levanté tarde y, aunque no lo quería admitir, me costó abrir la puerta y bajar al bar.
lunes, 14 de diciembre de 2009
EL CAMELLO (CAPITULO II: LAS CALLES DE ROMA)
En invierno, por la noche, Roma se convierte en un hormiguero de calles iluminadas por los escaparates, donde la gente se agita para intentar confundir sus propias sombras con las charcas viscosas que inundan las calles. Los edificios, bronceados por el tubo de escape de los coches, parecen gigantes que alzan los brazos en el intento de esconder el cielo y sus promesas a los transeuntes distraidos. Es fácil perderse en Roma, fácil como meterse en dirección prohibida, por una calle en dirección contraria, por una calle peatonal, como equivocarse de mujer o de trabajo, como apuntar al centro y no dar ni siquiera en los lados. En Roma, hay algo que chirría entre los pliegues de su historia; algo que se insinúa entre una pirámide y un plano regulador de los años ochenta, que pasa irreverente entre una cúpula de Bernini y un McDonald, y que recuerda de donde venimos y hacia donde vamos. Te puedes enamorar para siempre de esta ciudad o llegar a odiarla con todas tus fuerzas e intentar huir de ella a un sitio muy lejano. Pero de Roma no se escapa.
Cualquiera sea la distancia que te separa de ella, Roma encontrará siempre la manera de llegar a tu corazón y hacer que eches de menos hasta los agujeros del asfalto que te han destruído la suspensión del coche, ese domingo por la noche, en un callejón de periferia donde ni siquiera un perro ha sabido dar remedio a tu mirada atemorizada.Cinco millones de personas, y cuando lo necesitas no hay nadie.
Yo, en cambio, estoy siempre. En el Bar de los Ángeles, de la mañana a la noche, fiel a mi deber como la Guardia Suiza. Foffo se había convertido en una pieza de la decoración del bar, también él fiel a no se cual promesa consigo mismo y convencido, más que nunca, en respetarla. Observaba a todos, sentado en compañía de su propio astío y de algún chaval que esporádicamente le hablaba sin obtener nada a cambio.
Un día lo ví levantarse y dirigirse hacia mí.
“Dame un porro”, me dijo sin ni siquiera saludarme.
“A tu edad yo jugaba con los Masters, ¿por qué no te vas a casa? Aquí sólo pierdes el tiempo.”
“No tengo tiempo, no tengo nada, así que no tengo nada que perder. Deja de darme el sermón y dame un porro.”
“Como quieras. ¿Tienes diez euros?.”
“¿Un porro diez euros? ¿Estás flipao? ¿O crees que porque sea pequeño puedes tomarme el pelo?.”
“ Yo vendo porros, tu quieres porros. El precio lo decido yo.”
“No tengo diez euros… Puedo llegar a cuatro…”.
“Entonces hoy no fumas. Lo siento. Bueno, no lo siento.”
No paró ni un momento de mirarme con ojos amenazadores. Ni siquiera cuando se giró para desaparecer por una esquina. Aceleré mis negocios con un par de personas nunca vistas, una comitiva de adolescentes y un par de clientes habituales. Me había olvidado de Foffo y de sus pretensiones, cuando lo ví salir de la nada detrás de mí.
“ Toma el dinero, dame el porro.”
“¿De dónde lo has sacado?”
“¿Y tú de dónde has sacado el porro?.”
“Ahhhhhh… ¿Te haces el duro, mierdecita?”
“Dame el porro, tengo el dinero.”
“No quiero, no te lo doy.”
“Me cago en…”
“Desaparece, me aburres.”
“Yo desaparezco, pero cuando ya no me veas, aparecerán dos personas vestidas de azul que te harán preguntas. Intenta ser sincero porque, normalmente, saben como obtener la verdad.”
“Acércate… un poco más…” Acerqué mis labios a su oido. “Si me pasa algo, si llega la policia, yo te busco, te encuentro y te hago trocitos.” Sonreí exagerádamente. “¿Me has entendido, mierdecita?”
Se quedó mudo, con su mirada clavada en la mía, sin pestañear.
Después desapareció de nuevo por una de esas calles de Roma abarrotadas de fincas populares donde es tan fácil perderse y no encontrar ninguna indicación. Confundió su sombra con las charcas, como hacían todos. Pero su mirada, su mirada se me quedó clavada, una mirada que mi sueño tardó en quitarse de encima mientras me agitaba insomne en la cama.
viernes, 11 de diciembre de 2009
EL CAMELLO (CAPITULO I: SOBRE PELOTAS PINCHADAS)
Buenos chicos. Sacudid la cabeza, movedla como los perros que están con las cadenas en la parte trasera de los coches, como estais acostumbrados a hacer. ¿Droga? Y agitad la cabeza… ¿Camello?
Y dale con la cabeza… Y mientras el jefe se mueve displiciente, las manos, más sinceras que cualquier rezo,licuano, desmenuzan, destapan, enrollan los billetes… Os descubrís sólo cuando estais seguros de no ser vistos, y haceis las cuentas no con vuestra conciencia, sino conmigo.
Soy un camello.
Un traficante de hashish, no vendo muerte, sino la única posibilidad que teneis de olvidar.
Me parece casi ver mi reflejo en tres dimensiones sobre vuestras débiles imaginaciones, diseñado como un hombre de color, seguramente clandestino, o vestido con un impermeable negro, escondido en la oscuridad, la cara cubierta por una sombra de una lámpara manchada de varniz. Al fondo una periferia degradada, una metrópoli mala como el peor de los cristianos, que mendiga el perdón sin ser él capaz de perdonar.
Imaginadme así: feo, sucio y malo. Marginado, perdedor, como querais, a mí me da igual. No me importa ser juzgado porque no me importais, que no sabeis ni siquiera quien sois y cuando lo sabeis ostentais ignorancia esperando la comprensión de la moral. Yo soy el viejo que pincha los balones a los chicos, el vecino pesado, vuestra espina en el costado, vuestro peor detractor. Pero es a mí a quien buscais el sábado por la noche, cuando os dejan sueltos y os meceis en la ilusión de ser libres. Es a mí a quien buscais para intentar atravesar el mar de tedio que llena los domingos por la tarde. Podeis hacer creer que sois cualquiera en la luz del sol, pero conmigo, en aquel callejón oscuro donde creeis que yo me tengo que esconder, allí tirais la máscara y estais desnudos frente a vuestro único salvador.
Conocí a Foffo en el Bar de los Ángeles. Era un chaval, pero ya había decidido lo que no quería hacer, y seguramente entre aquellas cosas estaba la de no ir a la escuela. Pasaba las mañanas con un videojuego, o escuchando las palabras de los “grandes”, que de grande sólo tenían la lista de los fracasos por archivar. Yo también pasaba los días en el bar, aunque no tenía nada que olvidar. Estaba por negocios, y no creo que os tenga que decir de que tipo. Por la mañana se hacen más negocios. Por la mañana la gente se levanta y tiene ganas de vomitar. Tiran por el desagüe del lavabo su coraje y les tiemblan las piernas de pensar la secuencia de acciones fotocopiadas que tendrán que honorar. Miran hacia atrás y no saben explicarse como han acabado así. Es como un dolor de muelas, débil pero constante. Y en ese momento buscan la medicina. Les han enseñado que hay siempre un remedio que la sociedad ha inventado para aliviar los dolores que provoca, y cuando no la tiene se la inventa. Bandadas de adolescentes se extrujaban como avejas en el panal, dividiéndose el dinero de la compra. O jóvenes padres de familia que después de haberlo intentado con el capuccino, preferían ahogar sus tristezas en una buena piedra de chocolate marroquí.
Confiaban en mi puntualidad y en mi presencia, que son las cualidades esenciales que un buen camello debe tener, en mi discreción y, sobretodo, en el hecho de que en aquel momento éramos cómplices. El único cómplice que tenían en la vida, el único que satisfacía sin juzgar, sin tratarlos como drogadictos. El único que les consentía no esconder aquello que estaban obligados a esconder a la mujer, las madres, a los colegas. Les habría pinchado el balón, si hubiesen tenido uno. Pero ellos no podían saberlo, y confundían mi trabajo por una actividad filantrópica, así al menos por un poco, podían seguir teniendo confianza en el mundo y en sus miserias.
viernes, 6 de noviembre de 2009
COSAS POR LAS CUALES VALE LA PENA VIVIR
Asistir al parto de tu hijo, verlo llorar por primera vez,saber que tendrás la posibilidad de hacer por él todo lo que le haga falta. Verlo crecer y observar que se convierte en la persona que tu habías soñado que se convertiría.
El abrazo cálido de tu compañera, de tu mujer, de la persona que amas, por la noche, cuando todo parece perdido y descubrir que sólamente lo habías olvidado entre sus brazos. Estar con ella toda la vida porque es lo que quieres con todo el corazón, decirse todavía “te amo” y creerlo de verdad.
Ver claro tu futuro, estar seguros de lo que se quiere y saber realizarlo. Ser constantes, coherentes, saber crearse dudas y al mismo tiempo ser capaces de diluirlas.
Levantarse por la mañana de buen humor, abrir las ventanas y respirar el aire fresco. Preparar el desayuno, estar bajo la ducha media hora y después ir a trabajar, entre compañeros sinceros y leales, con jefes capaces de ver tus cualidades, saber valorizarlas y remunerarlas como se merecen.
Vivir en el país donde has nacido, donde formas parte de su cultura y donde te sientes orgulloso de vivir. Un país donde todos tengan las mismas posibilidades, donde todos puedan acceder indistintamente a todos los servicios repartidos en igual medida entre todos los ciudadanos de ese Estado. Poder comprarte una casa en ese sitio sin estar obligado a vender un riñón, esperar tranquilo una vejez donde no se tiene la sensación de ser sólo un zapato usado.
Tener buenos ideales, creer en ellos y vivir según sus principios. No sentirse nunca abandonados por la esperanza, darse cuenta de la presencia del hilo que une nuestra existencia a la del prójimo. Sentirse cansados y tener aún la fuerza de pensar que a lo mejor un día habremos realizado por lo menos una cosa por la cual vale la pena vivir.
miércoles, 28 de octubre de 2009
LAS VIEJAS FOTOS DE MI ABUELA
Mi abuelo no era ni fascista ni comunista ni nada. No tenía suficientes nociones para pensar. Le habían enseñado a soportar el peso de haber nacido pobre y a aceptar cualquier oportunidad para llegar al final del día con la barriga llena. Mi abuela era la rica del pueblo, mi abuelo un trabajador incansable con dos manos precozmente arrugadas y poco más.
Es que yo no estaba, y puedo sólo imaginar, reconstruir a través de las historias y de sus recuerdos cubiertos por el polvo dejado por el pasar de los años. Mi abuela que salía de casa para ir a coger el agua en la plaza, o para ir a misa los domingos, mi abuelo que la observaba esperando que le devolviese la mirada para intentar hablarle sin levantar sospechas. Imagino la sonrisa de mi abuela por la noche, antes de dormirse, recordando el semblante de su admirador. Quien sabe como se imaginaba que sería su historia con él, en que año y en que lugar sacaba las fotografías que colgaba en su fantasía para poder observarlas a escondidas cuando se apagaba la última luz y escuchaba en silencio su corazón vibrar.
Los padres de mi abuela no aceptaban esa relación, pero ella tenía aquellas fotos aún expuestas en una vitrina lejana de todo, sobre todo de la realidad, y nunca habría permitido que alguien las quitase de allí. Renunció a todo, también cuando la guerra le quitó cualquier cosa a que poder renunciar. Escogió a mi abuelo y se escapó con él.
Mi abuela no amaba a mi abuelo, y mi abuelo el amor no sabe ni siquiera que es, ya que no se puede ordeñar, ni da huevos, ni se puede cocinar en la chimenea. El amor para mi abuelo es el deber de dar de comer a un puñado de hijos y dejar todos los días mil liras a su mujer para ir al mercado. Mi abuela ahora tiene ochenta y cinco años y no se encuentra muy bien en realidad. A veces la veo sentarse en el sofá y fijar la mirada en una esquina del techo. Quien sabe, a lo mejor ve aquellas películas suyas en blanco y negro, cuando era joven y las bombas no daban miedo, cuando ella aún tenía que encontrar el cruce donde se perdió. O, a lo mejor, a lo mejor busca aquellas fotos, las fotos que había colgado en su fantasía, donde posaba con un vestido blanco en el parque, con una sonrisa verdadera que enmarcaba su felicidad, aquella felicidad que, en el fondo, nunca ha conocido.
lunes, 5 de octubre de 2009
EL EJEMPLO EQUIVOCADO
Si hubiésemos seguido el ejemplo de los pájaros, en este momento viviríamos en el aire, y elegir el pertenecer a un sitio habría sido más difícil. Si hubiésemos seguido las corrientes templadas, cada año buscando el mejor lugar para gastar nuestras vidas, nos habríamos ahorrado la fustración de encontrarnos en el lugar donde no queríamos estar en el momento en que no queríamos estar. Bastaba haber seguido el ejemplo de los pájaros e inventar nuevas rutas que recorrer sin el miedo de las direcciones prohibidas y las calles sin salida.
Si hubiésemos seguido el ejemplo de los árboles, en este momento nadie se habría sorprendido al ver a un hombre contemplar el viento. Por comida, el sol y el agua, sin colas en el supermercado y problemas de monedas para el carrito de la compra. El futuro un horizonte fijo que avanza en vertical robando el sentido de la marcha atrás junto a su carga de recuerdos. Si hubiésemos seguido el ejemplo de los árboles, la lluvia nos habría nutrido en lugar de mojarnos, y la noche habría sido sólo un ciclo más.
Si hubiésemos seguido el ejemplo del mar, en este momento nos habríamos dado cuenta de ser sólamente contenedores de vida, y nadie habría hecho trampas jugando a las cartas. Entre nosotros y el cielo habría habido sólo un átomo de diferencia. No nos habría costado ningún esfuerzo llegar, ya que habríamos estado en cualquier lugar y en ningún lugar, habitados y habitantes. El arrepentimiento habría sido vapor, y el aburrimiento una isla para explorar.
No lo sé, no sé que ejemplo hemos seguido. Solo sé que seguramente es el equivocado.
lunes, 14 de septiembre de 2009
MANZANILLA
Roma en agosto es, esencialmente, canto de cigarras y gorgoteo de fuentes en las plazas. A las dos de la tarde ni siquiera parece que estés en una ciudad atravesada normalmente por cinco millones de personas. El asfalto se venga de las heridas causadas por las ruedas de los coches, emanando un calor pegajoso que parece gustar sólo a los mosquitos; los turistas, quemados por el sol, sudan enfrente de un monumento del que ni siquiera saben su nombre, abanicándose con todo lo que encuentran; algún perro pasea con la lengua fuera y buscando un pañuelo de sombra donde depositar su cansancio; los ancianos abandonados en el único bar que ha quedado abierto, sorben los recuerdos diluídos en el chinotto y están atentos a no hacerse demasiado daño durante los silencios de las conversaciones. En Roma, en agosto, es casi imposible encontrar un poco de maria.
Totino y Falbo, montados en la moto color caspa de la hermana de Luca, habían ya recorrido todo el barrio de Cento Celle y la Garbatella escudriñando, una a una, todas las esquinas donde habitualmente los chavales espabilados de la ciudad intentaban pasar el mes con la venta de paquetes plateados a diez mil liras cada uno, pero sin resultado. Estaban todos de vacaciones, la mayoría en Torvajanica, los más afortunados en Rimini y los nobles en Barcelona, donde se contaba que las noches no se acababan nunca y a las chicas te las ligabas en menos de siete minutos, aunque nunca nadie había traído pruebas al respecto. De todas formas, la capital, en ciertas ocasiones, cumple plenamente su deber, dando, por lo menos, la ilusión de tener una serie de posibilidades infinitas para resolver los pequeños problemas cotidianos, como puede ser la búsqueda de maria. Aún quedaban algunos barrios, de esos olvidados por algún plan regulador, para batir como cazadores en busca de su presa, y cuando la última de las periferias deludía las espectativas, aún quedaban los campos de gitanos, peligrosos pero seguros al cien por cien. “Totino, ¿Te acuerdas de El Verdugo? Ese gordo que vive en una esquina en los Ponti... El amigo de Paolo. ¿Sabes si nos podría ayudar?” Y allí que van con la moto atravesando la Laurentina, carretera que empieza donde viven los jugadores de fútbol, los banqueros, donde reside la abundancia y el lujo, y termina donde no llega ni siquiera la esperanza.
I Ponti no es un barrio, es como un Estado dentro del Estado, uno de los muchos paises autónomos que la gente finge no ver, limitándose a evitarlos por miedo a descubrir que, después de todo, esta sociedad va a cagar donde es más fácil no ser visto y ni siquiera tira de la cadena, segura de que nadie se quejará del olor. Es una carretera ancha y larguísima, proyectada para ser un barrio residencial pero que, poco a poco, se ha convertido en una maqueta de Beirut después de los bombardeos. Ni la policía se atreve a entrar, es tierra de nadie, es decir de todos. Los Ponti son una serie de puentes encima de esta carretera, dentro de los cuales tendrían que haber surgido tiendas, pero la gente los usa para hacer tráficos ilícitos. El Verdugo vivía allí, en una de esas cuevas donde viven los hombres primitivos modernos, y si no hubiese elegido dedicarse al comercio ilegal, nadie lo habría buscado o habría sabido de su existencia.
Totino se quedó afuera vigilando, mientras Falbo entró adentro.”Verdugo! Soy Totino, el amigo de Paolo. ¿Estás ahí?. En la lejanía se oía el eco de la voz de Raffaella Carrà riéndose, el llanto de un niño, un golpe de origen desconocido, el sonido de una moto. Allí no había nadie, ni siquiera el Verdugo se había quedado a sufrir el calor y el aburrimiento.
“Mierda!, El Verdugo no está, ¿y ahora?”.
“No lo sé Totino, estoy hasta los huevos de dar vueltas con este calor. ¿Y si nos vamos a beber una birrita?”.
“Podemos ir a buscar al centro social, allí siempre hay algún negro…”
“No tengo ni puta gana Totino. Estoy harto.”
“¿De qué estás harto?.”
“De estar siempre buscando algo para vivir, bueno, para aparentar que se vive. ¿Pero no ves dónde estamos? ¿No te das un poco de asco?”
“Pero que coño dices!! ¿Se te ha ido la pinza? ¿Quieres pasar todo el verano sin maria?”
“No cambia nada Totino, no cambia una mierda. Vámonos a casa…”
“Pero, mírate… Pareces imbécil cuando hablas así. No te entiendo”
“Ya sé que no me entiendes, o a lo mejor no me quieres entender Totino, porque te conviene…”
“Bueno, vale, escucha… En casa tengo un poco de manzanilla que me ha regalado mi abuela, cogida en el campo… Es muy buena… A lo mejor si nos la fumamos nos coloca…”
“Vale. Vamos a probar esta manzanilla, venga… Con un poco de suerte me duermo y me olvido de todo. Venga, arranca este trasto…”
viernes, 4 de septiembre de 2009
LO MEJOR DE LAS MUJERES
Si hay una cosa que envidio de las mujeres, una cosa que ellas tienen de toda la vida, desde que son pequeñas, que forma parte de su ser, de su formación, y es parte fundamental de su sensibilidad, y de lo que a mí siempre me ha faltado, son las tiendas de ropa.
Un hombre sale de casa para comprarse ropa nueva, ¿ y qué encuentra? Pantalones vaqueros, hoy con tendencia neoyorquina (que no hay nada más ridículo que un chico de Rebibbia haciéndose pasar por uno de Brooklyn), cuatro zapatillas de deporte fluorescentes, si tienes suerte, o como alternativa unos mocasines color marrondespuesquehascomidomucho, camisas de empleado cerca de la jubilación, o, por el contrario, otras que sólo se pueden poder los anoréxicos, camisetas de colores absurdos con escritos y símbolos de conceptos oscuros, como debe haber sido la mente de quien las ha diseñado. Eso. La decadencia del hombre en el 2009 encuentra su más alto significado en el momento de exponer su propia personalidad a través de la apariencia, a través de la forma.
Como si a nosotros la fantasía se nos negara por la fuerza, como si alguien pensara en nuestro lugar que a un hombre le basta con cubrirse. Y dejemos de lado el hecho de que no disponemos de maquillaje o embellecimientos para mejorar un poco, que no podemos exponer nuestros atributos sexuales (¿ o es que han inventado el Wonderbra para el paquete?), que objetivamente un hombre con falda da ganas de vomitar, pero, per lo menos, ¿ no se podrían esforzar un poco más? No, parece que no se puede.
Me encuentro en uno de estos centros comerciales mil escaparates iguales, y veo entre diez tiendas de electrónica, veinticinco de ropa interior femenina, sesenta y seis de ropa de mujer, quince joyerías, dieciseis perfumerías, escondido detrás de un Mac Donald, una tienda para hombres. Me quedo quieto e inmóvil delante del escaparate esperando alguna inspiración. Y sin embargo, sólo veo mi cuerpo rechoncho reflejado en el cristal, que también hoy se quedará así, adornado por un par de pantalones lisos, una camisa mal planchada y zapatillas de los 80 pasadas de moda, imaginándose dentro de cualquiera de las cosas absurdas que pretenden venderme por un tercio de mi sueldo.
Que os den….
martes, 4 de agosto de 2009
QUIERO CAMBIAR DE VIDA! BUENO NO, MEJOR ME CORTO EL PELO…
Y, naturalmente, yo tampoco soy inmune a este fenómeno esquizonarcisisticovaginal.
Un día vas por la calle con tu barriga sebosa y el peinado descompuesto por el sudor de tu último viaje en metro, con un rizo impertinente que se burla de ti detrás de tu oreja, cuando ves pasar delante de ti a un tío tipo Banderas de dos metros de alto, bronceado y con un corte de pelo que parece una escultura más que una melena. Entonces piensas que si te haces ese corte de pelo, a lo mejor, te regalan al mismo tiempo los músculos, la piel se te oscurece y, como en el cuento de Cenicienta, por arte de magia creces cuarenta centímetros.
Ya lo has decidido. Quieres ese corte de pelo.
En tu cabeza tienes la fotografía perfecta de cómo quieres que el peluquero te corte el pelo. Te sabes de memoria la posición de cada bulbo pilífero, y en tu ingenuidad postadolescente, crees que es suficiente con explicárselo a ése que ahora se hace llamar “hair stylist”, para convertirte en la fotocopia de ese tío tipo Banderas.
Entras en la peluquería con una sonrisa de cincuentaydosdientescolornicotina, exhibiéndote con raros espectáculos de comicidad take away, derretido como John Travolta en su famosa película "Fiebre del Sábado Noche". Te sientas y comienzas a describir como el aprendiz Miguel Ángel debe esculpir su Piedad. Y él te dice: “No te preocupes… déjalo en mis manos”. Tú cierras los ojos, pensando donde tendrás que meter a todas las sesenta y cinco mujeres que saltarán encima de ti nada más salgas de allí. Y dónde las llevarás a comer, ya que cada una es de una nacionalidad diferente. Imaginas que tendrás que pedir un préstamo para poder comprar ciento cuarenta cajas de preservativos excitantes para ella, retardantes para ti, simpáticos para ambos. Pero, como pasa muy a menudo en la vida, llega un momento que tienes que abrir los ojos.
El espejo refleja la imagen de una cara blanca y rechoncha con el pelo alisado y engominado, que deja ver tus orejas de soplillo y resalta la incipiente calvicie de un trentañero exhausto por las fatigas de la vida.
Es el fin. La muerte del sueño. El “hair stylist” te guiña el ojo, como si presentara su obra de arte al mundo, y te dice: “¿Lo ves?, Estás guapísimo…” Y tú querrías escupirle, ponerte a llorar, destrozarle el diploma donde dice que ha ganado el premio “Cabello Creativo 2005” y pincharle las ruedas del coche. Pero en lugar de eso, te limitas a asentir con la cabeza.
Otro verano sin comerme una rosca. Esperemos que el pelo crezca rápido….
viernes, 24 de julio de 2009
AVARICIA
Me acuerdo muy bien de los primeros tiempos de mi relación con Amanda. Nos conocimos, como sucede a menudo, en una cena con amigos en común. Un vaso de vino, una broma, yo no buscaba nada y ella tampoco, por lo menos eso me dijo, pero nos encontramos y nos recogimos del suelo, como se recoge un objeto brillante que se ve en una acera y que se coge para no quedarse con la duda de haber perdido algo de valor. Pero raramente se encuentra un collar de oro y diamantes abandonado en el suelo. Al final te encuentras la misma cadenita de plata y la consideras un tesoro sólo porque no es la acostumbrada mierda de perro.
Nosotros empezamos así, arañando un Rasca y Gana esperando ganar por lo menos el precio del billete. Después las cosas se complicaron.
Yo era la película y ella su sonido. Desincronizados. El tiempo pasaba y cada vez más a menudo yo hablaba sin que me salieran las palabras y ella entendía aquello que mis frases no habían dicho. Me asaltó escondida, en este tetris afectivo, la sensación de algunas carencias indefinibles, como ciertos dolores abdominales después de una cena abundante. Y en una confusión de intentos recíprocos, me hice ilusiones creyendo que sería suficiente la lista de la compra para abastecer las creencias vacías de mi conciencia de amante fracasado, para conseguir cocinar un plato que me apetecía cada vez más pero que aún no había logrado identificarlo. Las ganas, con el tiempo, se trasformaron en deseos, los deseos en necesidades, las necesidades en frustraciones, las frustraciones en ansias, el ansia en confusión. La confusión mezclada con otra confusión conduce al caos, y en ese momento te pierdes completamente y se inicia a mover el bastón como los ciegos para intentar encontrar una pared con la cual orientarse.
Le pedí más atenciones, pero cuando me preguntó a que cosa tenía que prestar más atención, no supe que contestar. Le pedí que me amara más, pero cuando afilando los cuchillos me preguntó cuantos kilos quería y de que calidad, permanecí en silencio. Mis angustias disueltas en el malestar se convirtieron también en las suyas, y suya la culpa de mi ser vago. Si me amaba de verdad tendría que haber sabido que hacer con esa enfermedad incurable que mordía el sueño todas las noches; si yo no conocía el origen de la fuente de agua corrompida en la que me estaba ahogando, la culpa residía en su falta de interés por encontrarla, y si ella no tenía el dinero para pagar mi preciosa e inútil presencia en su vida, yo comencé a guardar para mí mi tesoro de latón. El resentimiento comenzó a pedirme su justa venganza que, como en un guión, no tardó en venir.
Empecé a guardarme para mí todos mis secretos, todas mis impresiones, todos mis discursos. Metí en una fortaleza cerrada todos mis sueños y comencé a dispensar mis mejores palabras, como hacía el avaro de Molière con sus monedas de oro; las charlas entre nosotros asumieron el aspecto de un veneno que habría matado, lenta pero inexorablemente, nuestra relación como si fuese la más pérfida de las torturas chinas.Comencé a pedir una entrada por cada emoción recitada, hasta que el espectáculo no valía ni siquiera el precio de la entrada, y como cualquier espectador aburrido, Amanda abandonó el teatro sin reclamar el precio de la entrada.
Ahora paso los días mirando mi tesoro acumulado y preguntándome para que sirve tener todas esas joyas acumuladas sólo para mí, sin gastarlas o invertirlas en algo. El tiempo pasa. Tengo un armario lleno de ropa pasada de moda, de recuerdos llenos de humedad, de dinero falso que sólo sirve para rellenar los huecos dejados por mis elecciones erradas. Y ese malestar, esa sensación de caos sin solución,esas añoranzas esperando ser colmadas están siempre ahí, cada vez más grandes, tan ruidosas que aún me despiertan sin que ningún tranquilizante las pueda hacer callar.
Y yo me siento igual de inútil que mis pertenencias, tanto tiempo guardadas sólo para mí, como el polvo que me ha enterrado el alma y que ya nadie tiene ganas de quitar.
martes, 21 de julio de 2009
CONVIVENCIAS
CEREBRO: Dios mío, que mal me encuentro esta mañana, me duele todo…
HIGADO: Yo me levanto todas las mañanas como tú, querido…
CORAZON: Cuestión de suerte. Yo estoy todo el día sentado en el sofá. Podemos decir que hasta me aburro…
CEREBRO: Así cualquiera… nadie se cansa de no hacer nada, ni se equivoca…
CORAZON: Oye guapo, baja esos humos: yo estaré sentado todo el día, pero no puedo parar ni un momento. Tú, en cambio, funcionas poco y mal…
CEREBRO: Mira quien habla, estúpida masa de grasa y membranas. Te recuerdo que soy yo quien decide como funcionan las cosas aquí…
CORAZON: A mi me parece que no, guapo. A mí aquí no me manda nadie…
HIGADO: Me entran ganas de vomitar…
CEREBRO: Ándate con ojo, seboso, que si me da la gana, le hago tener todos los días ganas de tortellini con nata y mantequilla a este tonto que nos lleva dentro. Dos meses así y te despedimos…He visto en la tele un modelo de plástico y hierro que no está nada mal… Y mucho más simpático que tú…
HIGADO: Bleachhhhhaaa…spoltt!
CORAZON: Pobre tonto… es suficiente con no bombearte sangre un segundo para convertirte en una planta grasa, y además fea… así que no me pongas nervioso, por favor.
HIGADO: Me siento una mierd… Bleachhhhhhaaaa… rispott!
CORAZON: Quieres mandar a alguien a ayudar a éste? Está manchando todo, no lo ves?
CEREBRO: Yo decido cuando sucede algo aquí. A mí no me molesta, aquí arriba no llega el olor. Tú ten cuidado a no ahogarte…
CORAZON: Mira que eres gilipollas… Ya me has hartado… espera que…
CEREBRO: A mí no me das miedo, sabes. El viejo truco del “paro todo” conmigo no funciona. Así que continua a batir y cállate!!
CORAZON: No me provoques arrogante de mierd…
CEREBRO: Na na na na na – no te escucho- na na na na – lo que digas te rebota… Na na na na na..
HIGADO: OOOOOOOhhhhh!!!! Muero… gh…
CORAZON: Oh-oh…
CEREBRO: Oh-oh…
miércoles, 8 de julio de 2009
EL LAPSUS DE TIEMPO QUE PASA ANTES QUE CONSIGA METERME UN PRESERVATIVO
Ah!
No asì de bien, coño!
